Aitor Hevia y Magí Garcías restauran el romanticismo ecléctico de Schumann y Brahms en Can Prunera

Rumor de hojas en el jardín. Leve brisa de jazmín. Cuatro hilos de Ariadna forman las cuerdas del violín de Aitor Hevia. A su lado, caballero leal, Magí Garcías, acariciando el piano. Dialogan, murmuran, aman. Los traviesos vencejos tejen sobre ellos la partitura eterna del vivir. Pocas cosas hay mejores que la música. Más de un centenar de personas comulgaron con la polifonía íntima que nos ofrecieron dos músicos únicos, cuyo arte trasciende y, cuyas almas, se mueven en perfecta simetría.

Hevia y Magí, románticos contemporáneos, escogieron con cariño las piezas que iban a tocar. Como expertos músicos que son saben que el contexto histórico del lugar influye de forma sutil en la música que se toca. No es lo mismo tocar en un auditorio que en un jardín, donde el zureo de las palomas, el vuelo de las golondrinas o los lejanos gritos de algún niño, pueden alterar ––o aderezar––, aquello que se está interpretando. Como siempre, la Naturaleza, fue ese tercer músico sobre el escenario; telón de fondo y nota precisa que elevó por momentos las piezas de Clara Schumann, Robert Schumann y Johannes Brahms.

El siglo XIX es una reminiscencia en gerundio. Todo lo acaecido parecía tener ese brillo dorado de los antaños gloriosos y esa sensación de época impregnó también la música. La complejidad existencial unió a los Schumann con Brahms, el de la noble música. El ya anciano y castigado por la vida Robert Schumann vio en el joven Johannes al nuevo Prometeo de la música; aquel que iba a insuflar al caduco fuego una nueva ola de alegría y reminiscencia. No se equivocó ni un ápice. Por esa razón, Hevia y Garcías escogieron comenzar el concierto con una sonata para violín y piano de Brahms, compuesta entre 1878 y 1879. Conocida como la Sonata de la canción de la lluvia, la atmósfera que crea es una suerte de nostalgia atemperada, emocional y un refugio espiritual para el triángulo artístico que habían formado Clara, Robert y Johannes. Magí y Aitor resucitaron con gran elegancia esa obra inmortal, haciéndonos parte del aroma del siglo XIX.

Los tres romances de Clara Schumann, probablemente la pianista más importante del siglo XIX, asentaron con rampante elegancia y delicadeza el tono que iban a hilvanar los músicos durante la segunda parte del concierto. Tras un descanso de unos breves minutos, volvió la música al Jardín de Can Prunera, que se está convirtiendo con el paso de los meses, en una Arcadia sonora. Íntima, multifuncional y refinada sin alardes innecesarios. La mesura es la vara de medir y hace que la elegancia prime por encima de la excentricidad artificiosa.

La sonata para violín y piano en La menor de Robert Schumann de 1851 clausuró el concierto, depositando en nuestros oídos una sutileza aromática de sensaciones que oscilaron entre la miel recién nacida y el sabor del primer higo del año. Es otra de las grandes facultades que tiene la buena música: es capaz de adelantar las estaciones, pausar el tiempo y hacernos soñar despiertos. Esta pieza es pura esencia romántica, como lo es también Can Prunera, alternando traviesas olas de pasión, sensibilidad, pasión mediterránea y un vértigo sano que ayuda a seguir viviendo. Violín y piano, Aitor y Magí, danzaron con el tiempo en el jardín. Y nosotros con ellos.

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