Nit de l'Art a Can Prunera

¿PARA QUÉ SIRVE UN MUSEO?

Crónica de una Nit de l’Art en Can Prunera

Es 1964 y tres jóvenes corren a toda velocidad atravesando las salas y los pasillos del Louvre. Odile, Franz y Arthur, protagonistas de Bande à part, baten el récord de Jimmy Johnson y recorren el museo en tan solo nueve minutos y cuarenta y tres segundos, dos menos que el americano. Godard los graba corriendo entre inmensos óleos y magnas esculturas, torpemente interceptados por un vigilante de sala, despertando gestos de escándalo entre los visitantes. La escena dura apenas cuarenta segundos, pero son suficientes para desbaratar la naturaleza misma del museo. Odile, Franz y Arthur corren, pero aprovechan también para, de reojo, observar las obras que van dejando tras su paso. Aunque parezca que el museo se limite a instruir nuestra mirada, al hacerlo nos indica también cómo deben colocarse nuestros cuerpos para mirar adecuadamente; antes incluso de indicarnos qué se debe mirar, nos instruye en cómo hacerlo: despacio, en silencio, erguidos, a una distancia prudente. Hay cosas que, simplemente, no se hacen en un museo. Correr es una de ellas.

El sábado 15 de agosto nadie corrió por Can Prunera, pero casi. A las siete abrimos las puertas de par en par y, frente a ellas, suspendida sobre el carrer de sa Lluna, presentamos una nueva obra: Peça a peça. Un enorme móvil creado durante los talleres de verano, construido con las piezas diseñadas por las niñas, familias, vecinas y desconocidas que durante los últimos meses se han detenido un rato en Can Prunera. Debajo dejamos unas cajas repletas de tizas de colores. No dimos demasiadas instrucciones: mirar hacia arriba y responder, esta vez sobre el suelo, a las formas que el viento movía sobre nuestras cabezas. Unas horas después no era sencillo establecer los límites del gran mural urbano. Había desbordado con creces el rectángulo previsto frente a la entrada y trepaba calle arriba y calle abajo, entre los pies de quienes llegaban a la Nit de l’Art de Can Prunera.

La casa perdió también aquella noche su contorno y ritmo habituales. Miles de personas cruzaron esas puertas abiertas: se adentraron en ella y recorrieron sus pasillos y salas sin que hubiera una manera adecuada de estar en ellas. Algunos curiosearon las estancias de la casa, otros admiraron los secretos de la colección, hubo quien se vio arrastrado escaleras arriba por sus hijos expertos a descubrir el Campo de Juego, quien se encontró con viejos conocidos tras los vitrales y quien atravesó sin detenerse la casa para llegar al jardín. En el jardín estaba L’espassio: allí sonó el cosmos particular de Pere Andreo y su Navel Set; junto con Jeroni Rullan, Josep Alorda y Pere Moana, nos transportó hasta Cúber, desde allá escalamos el Puig Major y juro que vimos ovnis coronando sus cabezas, también perseguimos llampugas y brindamos en el Menfis por los amores que el pasado prohibió hasta que nos subió la bilirrubina. Llegó la noche y Óscar González inundó la fachada de luces y líneas que escapaban de cualquier mirada que tratase de apresarlas. Hacía ya horas que la casa había abierto sus puertas y nos ofrecía ahora sus vértices, sus sombras, su mismísima piel.

En la Nit de l’Art en Can Prunera, organizamos, sencillamente, un pequeño desorden. Caminamos sin rumbo, dibujamos el suelo, miramos el cielo, escuchamos música, hablamos tanto, bebimos algo y brindamos mucho. Odile, Franz y Arthur necesitaron apenas nueve minutos y cuarenta y tres segundos para desbaratar la solemne coreografía del Louvre. Sesenta años después, esa insólita carrera continúa fascinándonos porque nos recuerda que todo museo contiene, además de imágenes, una cierta idea de cómo debemos movernos entre ellas y las paredes que las cobijan. Abrir las puertas tal vez consista también en alterar a conciencia esa coreografía: permitir que otros cuerpos, otros ritmos y otras formas de estar encuentren su lugar; que la distancia entre la calle y las salas se vuelva incierta y que algo de lo que ocurre dentro escape hacia fuera; que aquello que debía permanecer quieto empiece, inesperadamente, a moverse, a correr.

El sábado 15 de agosto, cuando las campanas de medianoche resonaron en el valle de Sóller, Can Prunera había cerrado sus puertas y cientos de pequeñas piezas continuaban suspendidas frente al museo, moviéndose con el viento.

¿Para qué?

Ahí estaban.

La pregunta podía esperar hasta mañana.

Entrada anterior
¡FELIZ SANT BARTOMEU!