Ilustracion de la fachada de la iglesia de Sant Bartomeu en Soller

¡FELIZ SANT BARTOMEU!

Cuenta la tradición que el apóstol Bartolomé fue martirizado por no renunciar a sus creencias; como condena, fue desollado vivo. Durante siglos, los artistas lo representaron portando los atributos de su martirio: un cuchillo en una mano y pedazos de su piel en la otra. En la Capilla Sixtina, Miguel Ángel lo pintó barbudo y vigoroso, sentado sobre una nube: en una mano sostiene un humilde cuchillo y de la otra cuelga toda su piel arrancada; sobre ese enorme pellejo vacío y deformado, el artista decidió pintar su propio rostro.

Este juego de espejos entre el artista y su obra no fue descubierto hasta muchos siglos después. Era el siglo XIX y en Roma descubrieron el autorretrato de Miguel Ángel oculto en la piel de San Bartolomé. Era el siglo XIX y, en este pequeño valle del Mediterráneo, una plaga hizo enfermar a buena parte de los naranjos de Sóller. La carestía empujó a muchos sollerics a buscar fortuna lejos de casa: zarparon al otro lado del mar y del océano y aprendieron a cultivar café y cacao, regentaron ultramarinos y maisons. Aquella aparente desgracia —ya que hablamos de santos, por qué no, aquel castigo divino— terminó siendo el motor de una revolución social, cultural y arquitectónica que transformaría para siempre la fisonomía del valle. Un pueblo de campesinos y artesanos se convirtió también en un pueblo de emigrantes, comerciantes y emprendedores; un pueblo que aprendió a marcharse y, sobre todo, a regresar.

Las asociaciones que construimos entre imágenes e historias pueden ser caprichosas, pero nunca en vano. Nada une el cuerpo desollado de un apóstol pintado en Roma en el siglo XVI con la historia contemporánea de Sóller. O sí. Poner una imagen junto a otra nos permite encontrar correspondencias inesperadas y mirar de nuevo aquello que creíamos conocer. Quizá para eso seguimos contando historias pasadas y repitiendo nombres antiguos: no solo para recordar lo que ocurrió, sino para seguir pensándonos a través de ello.

No deja de resultar admirable que, casi dos mil años después, sigan siendo los santos, los apóstoles y los mártires quienes custodian los días más nuestros. Ellos dan nombre y tiempo a algo que, en realidad, es mucho más amplio e inabarcable: todo aquello que un pueblo ha sido, todo aquello que es y, quizá, todo aquello que todavía puede llegar a ser.

Y así, por san Bartolomé, apóstol de la piel y patrón de los oficios que la trabajaban, celebramos también los caminos y las fuentes que antiguas civilizaciones hicieron brotar en este valle; la fertilidad cítrica de estas tierras y la promesa que el mar dibujó en una bahía tan redonda. Celebramos antiguas y épicas victorias contra piratas y corsarios. Nos reivindicamos como aquel valle de las Hespérides que Robert Graves quiso reconocer entre nuestras montañas. Recordamos a las generaciones que surcaron los océanos y regresaron cargadas de palmeras de ultramar, delirios modernistas, cinematógrafos y trenes que nunca han dejado de rodar. Honramos también la memoria obrera de tantas tejedoras que, entre telares y fábricas, sostuvieron durante décadas la vida de un pueblo entero; la de todas las manos que han trabajado este valle y lo han hecho habitable.

Por san Bartolomé celebramos todo eso. Celebramos a quienes estuvieron aquí antes que nosotros, a quienes estamos hoy y a quienes vendrán después. Celebramos un pueblo que ha aprendido, siglo tras siglo, a admirar la montaña y venerar el mar, a partir y a regresar, a transformarse sin dejar de reconocerse.

Hoy, desde Can Prunera, celebramos Sóller.

¡Feliz Sant Bartomeu!

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