Alberto Conejero, Natalia Huarte, Lucía Pérez Dezcallar y Magí Garcías transmutaron el verbo en carne. Hicieron de la palabra, poesía y canto. El 1 de agosto de 2026 pasará a la historia de Can Prunera por ser el día en el que Leonora Carrington volvió a la vida gracias a una alquimia radicalmente humana ente palabra, cuerpo y música. Y no era nada fácil llevar a cabo esta metamorfosis del alma.
La versión site-specific de Leonora (2024), cuyo texto original está editado en Pepitas ed, adapta para la casa modernista de Can Prunera el texto de Alberto Conejero: nuestro Esquilo de Vilches. Treinta y ocho personas afortunadas tuvieron el inmenso placer de formar parte de algo extraordinario. Durante casi hora y media, pudimos recorrer juntos los salones, pasillos y estancias de este hogar Art Nouveau para invocar el espíritu indócil de la pintora Leonora Carrington, encarnada por una magistral Natalia Huarte. Este poema escénico es un acercamiento libre al universo de la célebre creadora, escultora y escritora surrealista cuya reverberación todavía impregna nuestros corazones.
Como todos los viajes literarios y dramatúrgicos conlleva un ensueño, una preparación para recorrer la senda y una continua adaptación a los peligros y contratiempos que pueden surgir durante el periplo. Esta bella y desgarradora Odisea nos sitúa en los inicios vocacionales de Leonora, el encuentro con Max Ernst, –el más bello rostro surrealista– la huida de Francia por la ocupación nazi o las vivencias en la España de posguerra hasta su huida de Europa. Con ese trasfondo histórico envolvente, pudimos sentir como la crisálida del cuerpo se abría ante nosotros, pudiendo contemplar y ser partícipes de esa carta de amor a la resistencia, a la rebeldía y al deseo en tiempos de penumbra.
Como nos comentó la actriz Huarte en el coloquio después de la función, Leonora no se da pena a sí misma, no se victimiza, utiliza la argamasa de la derrota y el sufrimiento para crear, buscar y amar sin impedimentos, de forma indómita. Es ella misma en todo momento. La admiración que sentimos todos hacia Natalia fue compartida porque nos elevó, nos hizo llorar, reír, danzar, pero nunca sentir esa pena por la pintora, porque todo la acercaba más a su revelación final. Revelare, en su sentido original en latín, implicaba retirar la tela que ocultaba algo, manifestar un secreto, un misterio, dar a conocer aquello que se ignoraba. Al desvelarse y desnudarse, Natalia-Leonora, la mujer-centauro, nos hizo partícipes del aliento humano universal. Yo soy multitudes, dice Huarte-Leonora, mi autorretrato es siempre colectivo. Nosotros formamos parte de él para siempre.
Esta elevación también fue posible gracias a Magí Garcías, compositor exquisito y a la joven promesa Lucía Pérez Dezcallar, armada con su cello para desarmarnos con su música. Era la primera vez que tocaba para una obra de teatro y se hizo maestra de los tempos, del vals y de los fados que requería la representación. No titubeó, se hizo grande, enorme y solemne ayudando a desplegar las alas de Leonora para el vuelo final.
Alberto Conejero, que en su alma lleva a los Clásicos Griegos, ha creado un texto inefable, primigenio y universal. Ha conseguido catalizar el dolor sin hacernos sentir pena por él; tan sólo una esperanza que embriaga, eleva y subyuga. Corren por las venas de este creador de Jaén las obras de Eurípides, Sófocles, Calderón de la Barca o Angélica Liddell. Su alma es antigua y como nos recordó: somos radicalmente humanos y debemos cabalgar a lomos de la imaginación para seguir sanando las heridas que llevamos dentro.
Citando a Silvina Ocampo: ¿Para qué inventar? Lo cierto es más raro. Las vidas de los hombres y mujeres del mundo, tanto las que parecen anónimas como las que están labradas en el mármol del tiempo, necesitan de seres humanos capaces de atreverse a recordar sin condescendencia. Creadores de pura cepa como Alberto Conejero que nos dicen mirándonos a los ojos: Crea lo que sin ti no existiría.
Eso seguiremos haciendo, Natalia, Alberto, Lucía y Magí.
Vuestros latidos sirven para inaugurar mundos.
Ahora nos dirigimos juntos hacia las orillas del porvenir.
