Santiago Auserón y Nerantzi ofrecen un canto a la vida en Can Prunera
Eros desata los miembros y me hace estremecer; Eros, pequeña bestia dulce y amarga, contra la que no nos podemos defender. Este fragmento de Safo de Lesbos recoge la dulce fatalidad de ser mecido y capturado por la embriaguez del deseo. Cuando llega el ardor, la caricia sutil del deleite y ese acallamiento tan sano de la razón, nos abandonamos al puro goce de los sentidos abriendo las verdaderas puertas de la percepción como escribió Aldous Huxley. Santiago Auserón y Nerantzi fueron los mensajeros privilegiados de las musas haciéndonos gozar de un momento único e irrepetible. Auserón, siempre tan culto e irónico, como si de un mistagogo se tratara, abrió los cauces de la música y la lírica junto a sus fieles caballeros griegos, sus pilares jónico y dórico: Theodoros Karellas (guitarra y voz) y Vaggelis Tzeretas (buzuki y voz). La transgresión de fronteras y sonoridades fue el leitmotiv del concierto, recuperando temas clásicos del siglo XX, joyas del rebétiko popular y la balada mediterránea, adaptadas del castellano al griego por el propio Auserón.

Cuando los primeros acordes sonaron y la noche comenzó a engalanarse, el jardín de esculturas volvió a erigirse como un portal mistérico donde todo podía ocurrir. Auserón lo expresó con delicadeza: era necesario este viaje, es un placer habitar este jardín. Habitar, morar o residir, ya sea de forma temporal o eterna un espacio, sirve para crear un hermanamiento, una fraternidad de lo efímero. Los eslabones de la gran cadena humana de la que formamos parte reverberaron entre las esculturas, con el hondero de Llorenç Rosselló recordándonos con su presencia, que también hemos habitado los antaños de un tiempo antiguo.
Tú serás mi melodía, tú, mi alondra al vuelo, recitó Auserón, que también había metido en su maleta de viaje la túnica ancestral de los aedos homéricos. Los ecos de Hesíodo, Esquilo, Homero o el propio Kazantzakis estuvieron bien presentes durante todo el concierto. De forma directa o indirecta, como comentó con precisión el helenista Pedro Olalla, todo lo que hacemos es griego. Somos inconscientemente griegos. En cada acto, gesto, palabra recitada, comida ofrecida o copa de vino ingerida, asoma el alma griega. Es en esa sencillez plena, en el ser sibaritas sencillos, donde reside el aliento de Zorba el Griego de Kazantzakis, que escribe:
¡Qué cosa tan simple y frugal es la felicidad! Un vaso de vino, una castaña asada, un humilde brasero… ¡Es suficiente!
Auserón fue el barquero de las palabras. Nerantzi, el suave viento que meció las velas de la lírica. El tema mareas de alcohol espoleó nuestra entrega a la voluptuosidad mientras las reservas de vino del museo iban descendiendo. Buena señal. Cuando hizo irrupción la canción del fumador de hachís ya nuestros cuerpos parecían elevarse sobre la hierba, en perfecta armonía con la luna llena que brillaba en el cielo. En cierto momento, Auserón nos preguntó de qué color era nuestra alma. De todos y de ninguno, parecimos responder, porque para las grandes preguntas que conciernen a nuestra condición humana, en ocasiones, es mejor responder danzando.

Sobrevolaron también el escenario antiguos deseos no correspondidos, como ese magnetismo que transmitía Marilia, la camarera, que por unos instantes prendió fuego al alma de Auserón, para después enfriar su lujuria. En Irenita, también los atrayentes dedos de los polvos blancos hicieron de la espera un deleite. Con sus palabras pudimos viajar a los afamados soportales y teterías de Tiryaki Çarşısı en Estambul, en el barrio de Molla Hüsrev, donde el opio campaba a sus anchas entre los claroscuros del siglo XIX.
La densidad del canto, la seducción melancólica del buzuki de Vaggelis y la rasgada voz a coro de Auserón y Karellas, consumaron su efecto sobre nosotros. Nos hicieron formar parte de la dulzura de lo evanescente. Caímos bajo el embrujo de la flor del ensueño y fuimos de nuevo esos niños traviesos corriendo por el puerto del Pireo:
Este es mi puerto en un rincón del mundo,
en donde en un segundo se puede ser feliz.
Y en este puerto de mis deseos
hoy cantan para mí.
El tiempo dejó de importar, la muerte dejó de afilar su guadaña, los mirlos afinaron sus trinos; entre la dulce amargura de las naranjas, pudimos, durante un instante infinito, danzar con Eros en el Jardín de las Hespérides.
