Tomeu Arbona y Santi Taura revolucionan el arte del buen comer en Can Prunera
El duque de La Rochefoucauld, Francisco VI, escribió en sus Máximas que comer es una necesidad, pero comer de forma inteligente es un arte. ¿Qué hubiera pensando el vetusto duque al ver tal fusión de sabores, aromas, narrativas, musicalidad y deliciosos platos desfilando por una casa modernista de 1911? Tal vez lo hubiera resumido con tres sencillas pero nutritivas palabras:
Saborear, observar, degustar, disfrutar.
Una ecuación que conjuga a fuego lento todo lo vivido y sentido tras la deliciosa performance culinaria que tuvo lugar el pasado sábado en Can Prunera. Este gozar tan dionisíaco era propio también de la época. El modernismo tiene una insignia báquica, casi como un estandarte con una proclama que nos insta a disfrutar del puro disfrute; de abandonarnos a ese éxtasis comedido que es zampar con estilo y elegancia. Arbona y Taura, arqueólogos del gusto, estimularon nuestros sentidos desde el primer segundo, haciendo de la experimentación y la fusión un credo sin dogmas estrictos.
Todo comenzó en las puertas históricas de Can Prunera, donde hace más de 100 años, la familia Magraner Vicens, erigió un santuario en el que descansar después de haber estado toda su vida trabajando. Buscaban paz, sí, pero también un lugar en el que confluyera todo aquello que ellos habían disfrutado durante sus viajes por Europa. Incluyendo los deleites del buen comer.
Los cuarenta comensales cruzaron el umbral de la puerta y fueron recibidos con una copa de vino Blanc 2025 del Microceller Son Crespí. A su lado, los cuadros de Guillem Nadal y Ramon Canet, observaban con atención, deseando, quién sabe, ser humanos por una vez para poder saborear cada bocado junto a nosotros. Aquí comenzó la ecléctica aventura. Unos acordes de piano, tocados magistralmente por Adrià Arbona de Papá Topo, nos recibieron. La voz de tenor de Tomeu Arbona cantó con energía una antigua canción, muy similar a las glosas que aparecen en las Rondaies recopiladas por Antoni Maria Alcover. A su lado, escudero fiel, estaba Santi Taura, moldeando con sus manos de alfarero una pieza que fue creada in situ bajo la curiosa mirada de los asistentes y los cuadros de Joan Miró, siempre presentes en Can Prunera.
Ambos realizaron una breve introducción histórica sobre lo que iba a tener lugar en los tres pisos, la antigua cocina de la casa en el sótano y el jardín de la casa modernista para dar comienzo al ágape. Captó nuestra atención la elaboración intelectual que llevaron a cabo los dos cocineros. Recogieron del Tratado de El buen cocinero europeo, de 1880, la receta del bacalao a la sollerense, debido a que miles de sollerics emigraron a Francia durante esa época, igual que los Magraner, haciendo fortuna en el país vecino. Como buenos sollerics dejaron su huella allí por donde pasaron, incluyendo la gastronomía del lugar, abriendo en Marsella más de 43 restaurantes con gentes de Sóller al mando de los fogones. Del Manuscrito de cuina de Can Olesa, del siglo XVIII, extrajeron la inspiración para el biftec a la inglesa con salsa a la mayordomo, una emulsión realizada con manteca de vaca, perejil, sal, pimienta y limón. Receta de origen inglés, perfeccionada según la tradición francesa y aclimatada al contexto señorial de la Sóller fin de siècle. Otro detalle sabrosamente dulce lo aportaron con la famosa hora del chocolate, una tradición única en Mallorca que se asentó en Sóller hacia 1870, como nos recuerda el Archiduque Lluís Salvador, escribiendo que en el pueblo existieron más de 47 artesanos chocolateros, maestros del famoso líquido, especializados en la elaboración del chocolate a la piedra y a la taza. Todo siempre acompañado por las archifamosas ensaimadas y cocas de patata.
Debemos recordar que un menú exclusivo no es tan solo una lista de platos, es un poema visual que anticipa el festín de los sentidos. Todo tenía un aroma tanto estético como práctico, tejiendo con sinuosidad la experiencia nocturna. Pocas veces se puede degustar un cocarroiet de atún frente a un tapiz de Joan Miró, una tarrina de faraona del Receptari de Can Torrella cerca de obras de Miquel Barceló o Joan Bennàssar. En contadas ocasiones se puede uno llevar a la boca una coca de verdura de llampuga a la vera de Juli Ramis, Francesca Martí o Guinovart.
Arbona y Taura fueron maestros de cocina y vida. Su lienzo fue Can Prunera. Nosotros, los comensales, los colores que necesitaban para completar su obra de arte. Como dejó escrito Rabelais en su famoso Gargantúa y Pantagruel (1534):
Y ahora, amigos, ¡A beber! ¡A comer!
Simbolizando en las palabras del recién nacido Gargantúa la alegría, abundancia y la filosofía vitalista que nos insuflaron los dos artistas mallorquines, creadores de un nuevo modo de concebir el arte de cocinar. Hicieron de la gastronomía una poética del instante.
