Actuación de Mon Joan Tiquat en Can Prunera

El mundo de Mon Joan Tiquat

Cuando el virtuoso Joan Vila hizo su entrada en el jardín de esculturas de Can Prunera nadie era capaz de intuir lo que estaba a punto de ocurrir. Creo que ni el propio músico, ganador del Premio Ciutat de Palma, sabía lo que iba despertar en nosotros. Rodeado de un cello, una guitarra, un cajón, un piano y un sutil metrónomo, comenzó su particular polifonía jazzística. Su descaro poético, innata naturalidad y desparpajo mediterráneo se hicieron palpables desde el primer acorde. Estábamos en las garras fractales del mundo de Mon Joan Tiquat y ninguno de los ahí presentes nos lo queríamos perder. Joan Vila quería jugar y nosotros con él.

Como el sombrerero de la eterna obra de Lewis Caroll, Alicia en el País de las Maravillas¸ Mon Joan sacó de la chistera un repertorio fresco, sonoro e inusual para hacernos reír y cantar: dos palabras que reportan un gozo instantáneo y que no siempre son fáciles de sentir. De esta forma la sinfonía se inició con uno de sus clásicos, Adaptació al medi de su disco Es temps i sa llavor (2021). Aquí nos atrapó con su red, urdida con la elegancia de las palabras bien hiladas y la sutil ironía del que se sabe dueño de su oficio.

Danzando entre Puigs Majors y Puigs Menors fuimos creando una bella fraternidad mallorquina donde los mensajes reivindicativos de la más pura canción protesta se introdujeron de forma sutil y taimada. Fue en ese instante cuando Vila nos regaló esas extravagancias que le hacen único. Con su habitual maestría, consiguió pasar de una canción sencilla de guitarra y voz a una suerte de tarantela pianística con su voz rasgada y… un matasuegras. Sí, han leído bien: un matasuegras. Artilugio puramente festivo que sirve exactamente para lo que su nombre indica, pero para Mon Joan puede ser su trompetista de apoyo para crear un tema que nos sacó carcajadas a todos los asistentes. Es el Jamie Cullum mallorquín. No hay duda.

Y aquí viene de nuevo otro giro en el guion. Como las ramas del pino antiguo que buscan el sol sin desearlo, los dedos traviesos de Joan Vila se extendieron buscando el cello. Este instrumento contiene en su interior tanto el lamento como la gracia. En las cuerdas del violoncelo viven la nostalgia, la melancolía y la alegría, separadas, tan solo, por la delicadeza de aquel que las sabe acariciar. La atmósfera se tiñó de voces, cuerpo y densidad sonora. En este instrumento el músico ha sembrado parte de su alma.

Como la vida es caprichosa, imprevista y tremendamente alocada las cigarras también decidieron unirse a la fiesta del joven Vila. Con su cajón de madera, como si de un miembro de Ketama se tratara, comenzó a percutir y golpear con sentido esa noble caja para hacernos retornar a nuestro origen primordial, ígneo, de las canciones primitivas. Al terminar este tema, nos hizo reflexionar, porque su música también tiene tintes filosóficos evidentes.

Nos dijo que en su forma de ver la creación él no sabe si habla de música o de vida; que conviene crear para establecer un contrapunto al que agarrarse cuando vienen mal dadas y que si todo al final es digital, artificial y aséptico… ¿quién se atreverá a contar las historias que valgan la pena? Razón no le falta.

Durante los últimos compases del concierto, Mon Joan nos hizo aprender unas pequeñas notas para cantarlas todos juntos a viva voz. Lo que no sabíamos es que él nos dejaría cantando su canción, para, acto seguido, abandonar el escenario acompasado por su música. Un toque sutil que nos dejó a todos boquiabiertos, de pie y aplaudiendo.

Este es el mundo de Mon Joan Tiquat. Nosotros tan solo vivimos en él.

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