Pedro Olalla y Santiago Auserón realizan un viaje sonoro por la filosofía musical de Grecia

No nos ocurra, Fedón, que nos invada un sentimiento; el de llegar a ser misólogos, de la misma manera que, algunos, se vuelven misántropos; pues no hay mayor mal que uno pueda experimentar que aborrecer los diálogos y los argumentos.

Platón, Fedón, 89d.
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El diálogo es un arte en sí mismo. Dialogar es tratar de desvelar los símbolos ocultos detrás de las palabras. Sócrates nos advierte en este bello pasaje del Fedón que debemos evitar convertirnos en personas que sientan rechazo o desconfianza hacia el razonamiento y el debate intelectual. Pedro Olalla y Santiago Auserón nos demostraron que el amor por la conversación socrática sigue intacto, que el respeto y admiración por el otro es posible y que la mayor rebeldía existente ahora mismo es atreverse a pensar como acto de resistencia humanista.

El simposio filosófico tuvo lugar el pasado domingo 25 a las 12:00, hora del vermú. Auserón y Olalla se convirtieron en simposiarcas, siguiendo la tradición milenaria griega, orquestando el coloquio mientras los asistentes disfrutaban de una copa de vino. El jardín de Can Prunera se convirtió en locus amoenus, lugar idóneo para dejar discurrir el logos y sus infinitos hilos áureos. Mousai y logos, música y pensamiento; el arte de las musas y el fluir de la inteligencia, unidos bajo el auspicio de la eterna curiosidad. Olalla nos puntualizó que los amusos eran los que no sabían o no querían saber, ejerciendo un desafecto hacia la paideia. Por otro lado, los llamados musos, eran los que sí tenían un interés cultural por el conjunto de la sociedad. Una sencilla letra puede cambiar el destino del mundo.

Auserón y Olalla coincidieron en que existe una ligazón filosófica entre la música y la palabra. Los ecos de Nerantzi todavía permeaban la atmósfera debido al concierto de la noche anterior, por lo que ambos pensadores crearon su particular mermelada de saberes trenzando simpatías con una locuacidad atrayente. La densidad del pensamiento también puede cubrir espacios y lugares como la niebla. Una gran idea, bien elaborada, puede convertirse en un santuario al que peregrinar.

Olalla apuntó que uno de los grandes legados que nos han dejado los griegos han sido dos palabras con las que uno puede edificar su vida: actitud y voluntad. La actitud griega frente a la vida, ante las adversidades, tiene ese toque entre salino y dulce del propio acto de existir. El griego sabe de su pasado, por lo que puede ver llegar la desgracia y adaptarse, pero nunca sucumbir a ella. La lucidez en los momentos duros y la voluntad de superación, pese a todo, es otra gran lección que nos dan en ofrenda. Fue en este momento cuando Auserón asintió con la cabeza y añadió: es cierto, amigo, y por ello creo que existen dos Grecias: una soñada, ideal, y otra real, más humana. El carácter tan humano de los griegos hace de ellos una civilización alegre y positiva, incluso cuando el infortunio llama a la puerta; son personas que prestan atención a lo bello y saben de lo fructíferas que pueden ser las tensiones vitales para generar aprendizajes nuevos. Sólo un griego como Theo
Angelopoulos podría responder así a la gran pregunta de nuestro corto pero extenso paso por la tierra:

¿Cuánto dura el mañana?
La eternidad y un día.

Los griegos, no obstante, con todas sus victorias, naufragios y experiencias a la espalda, nos advierten de una cosa muy importante: no debemos pecar de hybris. La soberbia, la arrogancia o la insolencia deben mantenerse a raya. Los efímeros, como llaman a los hombres los dioses griegos en boca de Esquilo y Sófocles, debemos saber cuáles son nuestros límites y nunca tratar de cruzar las fronteras del orden natural del cosmos.

En la tensión y distensión habitan la armonía y el ritmo, apuntó Auserón, estableciendo una ligazón muy interesante entre las asimetrías rítmicas del rebétiko con sus 9 tiempos, los intervalos de las notas, la música de las esferas atribuida a Pitágoras y la intervención de la técnica para efectuar un corte, una cesura pensada para hacer fluir la música. El arte también debe ser cortado o atravesado por la técnica para convertirse en canto. Las escalas pitagóricas de la música, amparadas por Urania, la musa de la astronomía, hacen del propio giro planetario la consecución de una octava musical.

Para Olalla este vínculo musical siempre ha estado ligado al poder del verbo. Escribe en Palabras del Egeo: las palabras, esos olvidados titanes. La intrínseca música de las palabras hace de ellas un aliado poético que puede dar sentido a una vida. Se nos da la inquietud como seres humanos, pero el sentido de nuestras vidas tenemos que ir a buscarlo, matiza Olalla. Tal y como comentaba Heráclito, la palabra es creación y también tiene cuerpo, aunque sea invisible y puede herirnos, atravesarnos o salvarnos. Otro escritor griego, Theodor Kallifatides, escribió: las palabras no tienen huesos, pero los rompen, siguiendo con la tradición de Heráclito. 130 personas escucharon con atención las palabras de estos dos mistagogos. Ejercieron el poder de la elevación mediante el pensamiento y nuestros espíritus sanaron sólo con la atenta escucha de su sapiencia.

Los Ciclos de Pensamiento de Can Prunera cierran este 2026 con Victoria Camps, Eric Sadin, Santiago Auserón y Pedro Olalla. Tan sólo los dioses olímpicos saben qué ocurrirá en 2027.

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