El pasado viernes día 13 de marzo la ética y la moral volvieron a recobrar su verdadero significado. Victoria Camps, filósofa, escritora y pensadora de primer nivel, nos hermanó bajo la bandera del pensamiento crítico y nos devolvió esa luz que, en nuestro tiempo, a veces olvidamos que existe. Gracias a su nueva obra, La sociedad de la desconfianza, Camps trazó una hoja de ruta contra el fatalismo nihilista señalando aquello que está mal en la sociedad, pero siempre con el prisma de la ética, el ethos, como lupa y telescopio.
Como una funambulista, equilibrista y zahorí del alma humana, Victoria identificó los problemas que yacen en el subsuelo de la contemporaneidad, pero también todo aquello que nos incomoda a diario. El descontento de la civilización, la insatisfacción eterna, el triunfo del libertarismo, el desconcierto educativo, la hiper burocratización de todo y de todos, el excesivo solipsismo egoísta o la desinformación constante a la que estamos sometido. Ante tal panorama dantesco, Camps nos insta a dejar lugar al nosotros de la esperanza, al cuidado y al gesto filosófico verdaderamente humanista para sostener la vida pase lo que pase.
El centenar de personas asistentes al acto fueron partícipes de ese embrujo que se crea en los espacios donde se piensa. Atención silenciosa en las miradas; jóvenes y mayores tomando notas en cuadernos para que las reflexiones de Camps no cayeran en el olvido. Y, sobre todo, el sentir colectivo de formar parte de un instante único de hermanamiento alrededor del fuego de la filosofía para huir del adoctrinamiento y la desazón. Victoria nos animó a crear una suerte de Círculo de la Virtud, algo similar a la estoa griega, donde reunirnos periódicamente para conversar y dialogar filosóficamente sobre el estado del mundo. Can Prunera se está convirtiendo, poco a poco, en ese centro, espacio y lugar donde confluye la vida para ser pensada. Miquel Rullán, uno de los directores de Can Prunera, nos recordó en su bella introducción la figura del emboscado que creó Ernst Jünger. Pero añadió un sutil matiz. Tal vez debamos emboscarnos en la casa modernista de Can Prunera, es decir, Encanprunerarnos. Hagamos de este neologismo una posible forma de ser y estar en nuestro tiempo.
Antes del acto, le preguntamos a Victoria qué significaba para ella el acto de pensar. Respondió con astucia y con una sonrisa: ¿Acto? Pensar no es un acto, es un hábito. Rafael Argullol nos recordó también que pensar es la recompensa y que si uno hace del pensamiento un hábito su existencia será más plena, tal vez más feliz
