Aude humanum esse: Éric Sadin o la resistencia humanista

Más de 100 personas acudieron al ciclo de pensamiento del filósofo francés en Can Prunera sobre el impacto de las IA generativas en el devenir de la humanidad.

Durante siglos, la locución latina de Horacio, Sapere Aude, atrévete a saber, se convirtió en un faro para el humanismo y la cultura. Estas dos sencillas palabras nos interpelaban para explorar más allá de nosotros mismos e ir hacia la aventura del conocimiento. En el acto de pensar, crear o sentir belleza frente a una obra de arte, engrandecíamos nuestra condición humana, siempre en el claroscuro, pero destinada a los imperios infinitos del alma. Con la llegada disruptiva de las IA generativas el famoso Sapere Aude deberá modificarse por un resistente Aude humanum esse: atrévete a ser humano. La falibilidad humana, la imperfección, la fragilidad, o la calidez del tacto se convertirán en necesidades básicas para constatar que seguimos vivos ocupando un lugar y un tiempo concretos.

Asistimos ahora al gran giro antropológico de nuestro tiempo nos advierte Éric Sadin. Por primera vez en la historia de la humanidad aparece ante nuestros ojos una encrucijada que ya nos planteó Shakespeare hace más de cuatro siglos: ser o no ser, esa es la cuestión. Los grandes clásicos de la literatura nunca se agotan pues vuelven a la vida con cada generación que los lee. En Hamlet, Shakespeare esboza una pregunta que lleva implícita una lucha por aquello que nos constituye y que nos consagra como hermanos de lo vivo. Ahora, en pleno siglo XXI, si elegimos ser, tocará bregar contra el huracán del imperativo tecnológico. Si elegimos no ser, asistiremos a la subrogación de nuestra vida y comenzará una no existencia, insípida, dirigida por unos entes digitales privados de alma. Entraremos en la obsolescencia de lo humano para vagar sin rumbo por el desierto de nosotros mismos.

Éric Sadin, con el poder de su verbo, incisivo pensamiento y creatividad filosófica metió el dedo en la llaga de los grandes problemas que nos acucian, magnificados por el uso indolente de las IA generativas. Escudado por un genial Jaime Homar, que realizó una traducción excelente del francés al castellano, la conversación fluyó como agua de manantial. Y no era nada fácil. Oficios como los de Jaime Homar, que también es escritor, están en peligro de muerte ahora mismo, por lo que Sadin da en el clavo cuando afirma que todo lo que requiere tiempo y formación para crear un profesor, un traductor o un escritor, frenan la maquinaria de la muerte contemporánea. Nos dan un respiro. Frente al solipsismo del smartphone, los versos de Paul Valéry; frente al ocaso de la razón, La vida es sueño de Calderón; ante la codicia insaciable, la mirada salvífica del otro. La riqueza existencial que nos precede es vasta e infinita. Sadin nos recuerda que no debemos dar por hecha nuestra humanidad, porque para llegar a ella, se tuvieron que hacer grandes sacrificios.

Sadin nos acucia a pensar con criterio y a pasar a la acción filosófica. Para ello, conjuga uno de sus grandes términos: el tanatologos, expuesto a la perfección en su última obra, El desierto de nosotros mismos: el giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial. La muerte de la razón nos hace pequeños, casi irrisorios. Todo aquello que activa nuestro pensamiento y pone en marcha los engranajes del verbo y de la palabra es lo que nos funda y no podemos entregarlo sin más. El ser humano, que es un complemento directo del tiempo que vive, se convertirá en un complemento circunstancial. Esta pérdida de la razón crea una quiebra en el mundo actual, haciendo que los pilares mismos de la sociedad comiencen a deteriorarse. Nos podemos preguntar llegados a este punto: ¿Se producirá una metamorfosis hacia un homo ludens digital? ¿Entraremos de lleno en una existencia aséptica guiados por los falsos profetas de Silicon Valley? ¿Perseguiremos fuegos fatuos que nos prometen paraísos irreales mientras vemos la vida pasar sin remedio?

Afirmar sin argumentar no es moral, dice Sadin. Debemos hacernos las preguntas más duras para atisbar aquello que todavía estamos a tiempo de cambiar o frenar. Para Eric Sadin las pequeñas resistencias son más necesarias que nunca. La poesía, el arte, la escritura, la artesanía, es decir, aquello que nos detiene ante lo que todavía no está aquí es la gran arma del humanismo. La revolución de la tecnología deberá chocar contra la grandeza de lo humano. Tendremos que aprender a decir no para preservarnos.

Aquí entraría en juego un símbolo literario creado por Hermann Melville en su obra Bartleby el escribiente con la inolvidable frase: preferiría no hacerlo. Como él, deberíamos aplicar el prefería no hacerlo cuando los asistentes de Google traten de escribir nuestros correos; cuando alguien nos diga que debemos utilizar ChatGPT, negarnos a usarlo; o cuando nos traten de convencer de la cantidad de tiempo que ganaremos al delegar nuestras tareas en bots inteligentes, contestarles con un rotundo preferiría no hacerlo.

Otra de las cuestiones capitales que nos planteó Sadin podría englobarse en la siguiente pregunta: ¿Por qué darle a la IA ese placer tan humano de crear algo que no existe? ¿Por qué darle el gozo de la creación a un ente que ni goza ni crea? Desde hace ya unos años, se está produciendo una cosecha demiúrgica de datos. En nuestro mundo actual producimos, no creamos. Los datos se acumulan en nuestros teléfonos y creemos que lo que somos proviene de un contenido que no nos hace reflexionar, sino enfurecernos o denostar al otro. La tecnología es ventrílocua, nos utiliza a nosotros. Debemos extremar las precauciones.

El gran aviso que pone sobre la mesa Sadin es que debemos tratar de llegar a 2030 siendo humanos y no conchas vacías. En el otro está la solución, en recuperar nuestra mirada para observar los ojos del prójimo, cara a cara. Evitar el infierno solipsista es ahora primordial. Cuando un individuo escoge ser un Narciso-Pigmalión, enamorado de él o de sus producciones, es cuando el desierto se acerca. Celebremos lo vivo como nos recuerda Sadin citando a Spinoza. Seamos los guardianes del saber, defendamos la vida. Si el desierto de nosotros mismos se aproxima es nuestra obligación moral regar el desierto hasta que vuelvan a brotar las flores de lo humano.

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